Harald V y el ocaso de los reyes: cuántas monarquías quedan en el mundo

— Equipo Editorial

Harald V y el ocaso de los reyes: cuántas monarquías quedan en el mundo

La muerte de Harald V de Noruega cerró una etapa de más de tres décadas para una de las monarquías más estables de Europa. El rey falleció el 28 de agosto a los 89 años, después de 35 años en el trono, y fue sucedido inmediatamente por su hijo, que adoptó el nombre de Haakon VIII. El funeral de Estado celebrado el 9 de septiembre en Oslo reunió a representantes de numerosas casas reales y volvió a poner en escena una institución que, pese a haber perdido buena parte del poder político que tuvo durante siglos, continúa ocupando un lugar singular en el sistema internacional.

La sucesión noruega también recuerda algo que suele quedar fuera de los titulares: Europa continúa siendo el continente con mayor concentración de monarquías del mundo. En 2026 existen 12 Estados soberanos europeos con una institución monárquica, aunque no todos funcionan bajo el mismo modelo ni todos tienen un rey.

La pregunta, entonces, no es solamente cuántos reyes quedan. Es qué representa hoy una Corona en un mundo dominado por repúblicas.

Harald V: el final de una era y el comienzo de otra

Harald V llegó al trono en 1991 y se convirtió en uno de los monarcas europeos más longevos. Durante su reinado atravesó la transformación de Europa posterior a la Guerra Fría, la integración económica del continente, la expansión de la globalización y, más recientemente, un escenario internacional caracterizado por guerras, fragmentación geopolítica y una creciente competencia entre grandes potencias.

Su figura se distinguió por una monarquía de perfil relativamente sobrio, cercana a la sociedad noruega y compatible con el funcionamiento de una democracia parlamentaria moderna. Su muerte no produjo una crisis institucional: el sistema estaba preparado para la sucesión y Haakon VIII asumió la jefatura del Estado inmediatamente.

Ese detalle es importante. En las monarquías constitucionales contemporáneas, la principal función de la Corona ya no consiste en gobernar, sino en garantizar continuidad institucional, representación y estabilidad simbólica.

El caso noruego lo mostró nuevamente: cambia el monarca, pero no cambia el régimen político.

Doce monarquías en Europa

Después de siglos de guerras, revoluciones y procesos republicanos, Europa conserva 12 monarquías soberanas.

Son:

  • Reino Unido

  • España

  • Noruega

  • Suecia

  • Dinamarca

  • Países Bajos

  • Bélgica

  • Luxemburgo

  • Mónaco

  • Liechtenstein

  • Andorra

  • Ciudad del Vaticano

Sin embargo, agruparlas simplemente bajo la palabra "monarquía" puede resultar engañoso.

Once tienen sistemas constitucionales, mientras que el Vaticano constituye un caso particular. Además, Andorra tiene dos copríncipes y no un monarca hereditario convencional. Mónaco y Liechtenstein son principados; Luxemburgo es un gran ducado; y el Reino Unido, España, Noruega, Suecia, Dinamarca, Países Bajos y Bélgica son reinos.

Por eso, hablar de "12 reyes europeos" tampoco sería correcto.

El mapa real es bastante más interesante: 12 Estados monárquicos, pero con diferentes tipos de jefatura, mecanismos de sucesión y grados de poder constitucional.

Europa: pocas coronas, pero instituciones extraordinariamente resistentes

El dato más llamativo es que estas instituciones sobrevivieron a prácticamente todos los grandes cambios políticos europeos de los últimos dos siglos.

Las revoluciones liberales redujeron el poder de los monarcas. Las dos guerras mundiales derribaron imperios. El fascismo y el comunismo transformaron el mapa político del continente. La Guerra Fría dividió Europa durante décadas.

Y, sin embargo, las monarquías de Reino Unido, España, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo, Dinamarca, Suecia y Noruega llegaron al siglo XXI.

Su supervivencia no significa que hayan permanecido iguales.

Al contrario: su estrategia de supervivencia ha sido adaptarse.

El monarca dejó progresivamente de ser gobernante para convertirse en jefe de Estado; el poder ejecutivo pasó a gobiernos elegidos; las constituciones delimitaron las funciones de la Corona; y las casas reales comenzaron a competir menos por poder político y más por legitimidad social.

Noruega representa especialmente bien ese proceso.

Harald V no deja detrás un Estado gobernado por la Corona, sino una democracia parlamentaria en la que la Corona funciona como una institución de continuidad.

¿Y cuántas monarquías quedan en el mundo?

Fuera de Europa, la cifra resulta mucho más sorprendente.

En 2026 existen 43 Estados soberanos que tienen un monarca como jefe de Estado. La distribución aproximada es:

Pero nuevamente existe una diferencia importante entre "monarquía" y "reino".

Entre esas 43 monarquías encontramos reinos, principados, emiratos, sultanatos y otros sistemas tradicionales. También existen casos en los que una misma persona es monarca de varios Estados soberanos.

El ejemplo más conocido es Carlos III.

El rey británico es simultáneamente jefe de Estado de varios países independientes que forman parte de los llamados Commonwealth realms. Por lo tanto, una sola Corona puede representar a múltiples Estados soberanos.

En América, las nueve monarquías soberanas están vinculadas a esta misma Corona: Carlos III es el jefe de Estado de Canadá, Antigua y Barbuda, Bahamas, Belice, Granada, Jamaica, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía y San Vicente y las Granadinas.

Todos ellos son Commonwealth realms: Estados independientes, con sus propios gobiernos y parlamentos, que mantienen a la monarquía británica como institución de jefatura de Estado. La particularidad es que Carlos III no gobierna estos países desde Londres; en cada uno, sus funciones constitucionales son ejercidas localmente y el monarca está representado por un gobernador general.

El peso de las monarquías del Golfo

Si Europa concentra la mayor cantidad de monarquías, Asia y especialmente Oriente Medio concentran algunas de las más poderosas desde el punto de vista económico y geopolítico.

Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Bahréin y Omán son ejemplos de Estados monárquicos con enorme peso energético, financiero o estratégico.

Aquí aparece una diferencia fundamental respecto de las monarquías europeas.

Mientras buena parte de las coronas europeas funcionan principalmente como instituciones constitucionales y simbólicas, algunas monarquías de Oriente Medio conservan poder ejecutivo, político y económico considerable.

La palabra "monarquía", por tanto, puede describir sistemas políticos radicalmente distintos.

Una corona europea puede representar continuidad histórica y ceremonial; otra puede estar directamente vinculada con el Gobierno, la política energética, la defensa y la administración de enormes recursos financieros.

La excepción asiática: monarquías que siguen teniendo peso político

Asia concentra 13 de las 43 monarquías del mundo, y allí también aparece una diversidad considerable.

Japón representa uno de los modelos constitucionales más simbólicos del planeta. En el extremo opuesto se encuentran sistemas en los que el monarca mantiene una influencia política mucho mayor.

Tailandia, Malasia, Camboya, Jordania y otras monarquías asiáticas muestran distintas formas de convivencia entre tradición, instituciones modernas y poder político.

La permanencia de estas estructuras demuestra que la monarquía no desapareció con la modernización.

Se transformó.

¿Por qué importa esto para los mercados?

A primera vista, la muerte de un rey europeo parece tener poca relación con las divisas, las bolsas o los bonos.

Y en el caso de Noruega, efectivamente, el impacto financiero directo del fallecimiento de Harald V es limitado.

La política monetaria continúa en manos del Norges Bank. El Gobierno mantiene sus funciones. El Parlamento conserva su poder legislativo. La política fiscal no cambia automáticamente por una sucesión real.

Sin embargo, desde una perspectiva de mercados, existe una cuestión más interesante: la estabilidad institucional también es un activo económico.

Noruega es uno de los países con mayores ingresos petroleros y gasíferos del mundo y administra uno de los mayores fondos soberanos globales. Su credibilidad institucional forma parte del entorno que permite administrar esos recursos a largo plazo.

Por eso, la sucesión pacífica y automática de Harald V a Haakon VIII es también una demostración de continuidad institucional.

No hay vacío de poder. No hay incertidumbre constitucional. No hay transición política extraordinaria.

Para los mercados, eso es precisamente lo que se espera de una institución madura.

La verdadera cuestión: ¿por qué sobreviven?

La monarquía perdió prácticamente todo el poder político directo que tuvo durante gran parte de la historia europea.

Pero ganó otra cosa: capacidad de representar continuidad.

En sociedades sometidas a cambios políticos acelerados, una institución que permanece durante décadas puede funcionar como un elemento de estabilidad simbólica.

Esa es probablemente una de las claves para entender por qué las monarquías europeas siguen existiendo.

No sobreviven porque Europa haya permanecido tradicionalista.

Sobreviven porque muchas de ellas consiguieron convertirse en instituciones compatibles con la democracia liberal.

El monarca reina, pero no gobierna.

El próximo cambio generacional

La muerte de Harald V también acelera el recambio generacional de las casas reales europeas.

En los últimos años Europa ya había asistido a importantes transiciones: Carlos III reemplazó a Isabel II en Reino Unido; Federico X sucedió a Margarita II en Dinamarca; Felipe VI continúa la Corona española; y ahora Haakon VIII inicia una nueva etapa en Noruega.

En el horizonte aparece una generación todavía más joven de herederos.

En Noruega, la princesa Ingrid Alexandra, de 22 años, pasa ahora a ocupar una posición mucho más visible dentro de la institución.

El mismo fenómeno se observa en otras casas reales.

La pregunta para las próximas décadas será si estos futuros monarcas conseguirán mantener la legitimidad de instituciones que, por definición, no se basan en elecciones populares.

La paradoja de las coronas en el siglo XXI

La historia de las monarquías contiene una paradoja.

Hace doscientos años, los reyes europeos gobernaban buena parte del continente. Hoy son apenas una minoría entre los jefes de Estado del mundo.

Sin embargo, las monarquías que sobrevivieron son, en muchos casos, instituciones más estables que aquellas que desaparecieron.

La explicación no está necesariamente en la tradición.

Está en la adaptación.

Las coronas que aceptaron perder poder político pudieron conservar relevancia institucional. Las que no lo hicieron fueron, en numerosos casos, sustituidas por repúblicas.

Harald V representa precisamente ese modelo de adaptación.

Su muerte no significa el final de la monarquía noruega. Significa el final de un reinado.

Y esa diferencia es fundamental.

Un mapa que todavía tiene 43 coronas

El mundo del siglo XXI está dominado por repúblicas. Pero las monarquías están lejos de ser una reliquia marginal.

Cuarenta y tres Estados soberanos mantienen actualmente algún tipo de monarquía, y 12 de ellos están en Europa. Algunas son esencialmente ceremoniales; otras conservan importantes atribuciones políticas; algunas son reinos, otras principados, emiratos o sultanatos.

La muerte de Harald V vuelve a poner el foco sobre una institución que parecía destinada a desaparecer con la modernidad y que, contra muchos pronósticos, consiguió adaptarse a ella.

Para Noruega comienza ahora el reinado de Haakon VIII.

Para Europa, el mapa sigue siendo singular: pocas coronas, pero profundamente arraigadas.

Y para los mercados, la lección es quizás más amplia: en un mundo de cambios políticos, tecnológicos y geopolíticos cada vez más rápidos, la estabilidad institucional continúa teniendo valor.

Harald V se fue. La Corona noruega permanece.

Y, por ahora, también permanecen otras 42 monarquías alrededor del mundo.